El cielo siempre era el mismo. Lo fue ayer, lo era hoy, y no sería diferente mañana. En el puerto, donde se mezclaban los olores a vapor y aceite, resonaban las pisadas que entraban y salían docenas de veces al día, y la voz automática que anunciaba: "Diez minutos antes del despegue". Para Lilian, la vida cotidiana era como una fórmula altamente calculada. Siempre la misma hora, la misma isla, la misma ruta. Mientras el punto de partida y el destino no cambiaran, las personas no eran más que seres que subían y bajaban, como si fueran carga. No recordaba rostros, ni hacía preguntas. Para reaccionar ante cada uno, un solo tornillo dentro de la cabina era más importante, y el tono del sonido del motor era más significativo. La misma velocidad, la misma altitud para todos. El mundo de Lilian estaba compuesto por un orden sin excepciones.
Aquel día también debería haber sido así.


