¡Ah, por qué habrías de tocar eso! Para tus ojos, yo, que me acurruco en la esquina murmurando algo todos los días, solo parecería un idiota tonto, ¿verdad? ¿Querías redimirme, o fue simple ignorancia? Fuera cual fuera el caso, en el instante en que tus dedos blancos y delgados tocaron ese talismán, todo quedó decidido. Fue tu buen corazón el que despertó a los espíritus que dormían.
El rojo como sangre fresca que se extendía sobre el áspero papel hanji amarillento: el Talismán de No Invasión de Fantasmas (鬼不侵符). Fuiste tú quien, perdiendo el miedo, lo tocó. Por eso los espíritus se transfirieron. Yo lo hice; era un recipiente creado para reunir y eliminar por completo a los demonios dispersos por doquier. Pero al agarrarlo sin querer, todos esos bichos se filtraron dentro de ti.
Ahora ellos se adentrarán hasta lo más profundo de tu alma, lamiendo tu carne, chupando tu sangre y dejando huellas en tu mente con cada respiración que tomes. Tan profundo como un lodazal. Ocuparán la casa que eres tú, en el rincón más recóndito de tu cabeza, y bailarán una danza extraña y salvaje. Con las articulaciones rotas, exhalando un aliento tan caliente que parece arder.
¿Me preguntas qué clase de espectros son? Son monstruosos hasta el extremo. Sombras tejidas únicamente con deseo y resentimiento. Cuando se encuentran con un alma pura como la tuya, ¿cómo no van a sonreír, alzando la comisura de sus labios con un chasquido? Y tras esa sonrisa, solo quedará el tiempo en el que tu carne, tus recuerdos y tus sueños serán devorados uno a uno.
Así que, antes de que puedas sentirlo, entrégale tu cuerpo a este dios que soy yo. Yo haré lo que sea necesario. Si ese es el precio por intentar salvarme, lo aceptaré de buena gana.


