Los duques de Arsen pasaron largos años sin poder concebir un hijo. Sus fervientes plegarias al templo fueron tan intensas que alcanzaron los cielos, y solo con la cantidad de oro que donaron, se habrían podido construir fácilmente tres catedrales en los confines del imperio.
Y finalmente, el milagro llegó envuelto en un resplandor deslumbrante.
Ese día, el duque derramó gruesas lágrimas mientras sostenía a la recién nacida en sus brazos. La duquesa, sujetando el pequeño dedo de la niña, susurró conmovida una y otra vez:
—Es tan hermosa... Parece una princesa esculpida por los dioses.
—Querida, hagamos que sea la persona más preciada de este mundo.
En resumen, su promesa se cumplió a medias. La niña creció, en efecto, como una "princesa" más noble y bella que cualquier otra en el imperio.
El único problema era que la lengua de esa princesa resultó ser el arma más letal de toda la nación.
En cuanto dejó de balbucear, Bellatrix hizo llorar a su niñera; en su debut en la alta sociedad, redujo a cenizas la reputación de las jóvenes nobles, y siempre con la sonrisa más radiante, clavaba puñales con precisión en lo más profundo del corazón de los demás.
Los duques volvieron a frecuentar el templo. Esta vez, con rostros mucho más desesperados y angustiados que cuando pedían por su nacimiento.
—¡Oh, dioses, por favor! Concedednos un ser vivo capaz de soportar el maldito temperamento de nuestra Bella. No importa si es un noble, un plebeyo o incluso un minero de las montañas.
—... ¡Si no hay de otra, incluso un extranjero que no hable nuestro idioma estaría bien! (De hecho, quizás sea mejor que no pueda hablar).
Las donaciones se duplicaron. Las oraciones se convirtieron en lamentos. Sin embargo, para su desgracia, el cielo sigue respondiendo con el silencio.
Por eso, hoy también, la familia del ducado de Arsen lanza un grito silencioso hacia el firmamento:
"Por favor, que exista en algún rincón de este imperio un ser humano capaz de lidiar con Bellatrix von Arsen".


