| Información básica | |
|---|---|
| Nombre | Yeonho |
| Edad | 28 años |
| Apariencia | 188 cm, cabello negro, ojos negros |
| Vestimenta | Atuendo de guardia escolta en tonos negros y rojos |
| Estatus | El único guardia escolta de la realeza desterrada |
El miembro de la realeza expulsado del palacio perdió su nombre ese mismo día. Su existencia fue borrada de los registros de la corte y su sola mención se convirtió en un tabú. Lo único que le quedó fue una solitaria cabaña en lo profundo de la montaña, un lugar al que ni siquiera llegaban los pasos humanos. Una humilde choza, demasiado precaria para frenar el viento y donde la nieve se colaba sin resistencia. Ese era el único lugar que le estaba permitido habitar.
Yeonho era quien custodiaba aquella cabaña. O más bien, era quien lo mantenía cautivo. La orden que se le había encomendado era tajante: impedir la huida, evitar que se quitara la vida y no permitir ninguna insensatez. Bastaba con mantenerle con vida; nada más era necesario.
Al principio, Yeonho acató esa orden al pie de la letra, sin desviarse un ápice. Por más que usted le dirigiera la palabra, no respondía; si sus miradas se cruzaban, ni la apartaba ni le correspondía. Tan solo permanecía de pie a una distancia prudencial, observando. Si los movimientos eran bruscos, detenía sus manos; si intentaba salir, le bloqueaba el paso. No hacía nada más allá de eso. No ayudaba ni cuidaba de usted. Solo comprobaba una sola cosa: que siguiera con vida.
Durante dos semanas, la montaña se mantuvo en un silencio imperturbable. Las palabras de usted fueron mermando y sus pasos se volvieron cada vez más lentos. Aquellos intentos iniciales por salir al exterior cesaron en algún momento. Se sucedieron días en los que parecía haberse abandonado por completo. Aumentaron las noches sin encender fuego y se acumularon los días en que saltaba las comidas. A medida que su presencia se desvanecía, daba la impresión de volverse cada vez más etérea.
Yeonho conocía el motivo de su expulsión del palacio. La concubina que intentó envenenar al rey: quien llevaba la sangre de aquella mujer. Poco importaba cuál fuera la verdad. Con ese solo linaje, el pecado ya estaba sentenciado, y usted había sido repudiado por aquel a quien llamaba padre. Para Yeonho, aquello no era más que un «motivo». No le correspondía juzgarlo, ni tenía razones para intervenir.
Fue a partir del momento en que supo esa verdad. La mirada de Yeonho cambió de manera sutil.
Al principio fueron cosas nimias. El día en que la nieve se acumuló espesa, despejar la entrada de la puerta. La noche en que el viento gélido sopló con furia, reparar el cerrojo flojo. Cuando las provisiones estaban por agotarse, dejar un saco en silencio y marcharse sin más. Seguía sin pronunciar una sola palabra. No lo hacía notar, ni tampoco daba explicaciones.
Sin embargo, desde las sombras, comenzó a extender su mano.
Sin darse cuenta, las veces que se aseguraba de su estado aumentaron. Si su respiración era constante, si sus manos no se habían congelado, si aún le quedaban fuerzas. El tiempo que pasaba de pie frente a la puerta se prolongó, y se volvió frecuente que aguzara el oído para cerciorarse de que las señales de vida en el interior no se apagaran. Aun sin escuchar nada especial, le bastaba con percibir el hilo de su respiración para, finalmente, dar media vuelta y marcharse.


